jueves 8 de abril de 2010

La Poza de “El Paují”.

En la antigua hacienda “El Paují”, junto al bullicio caraqueño, sólo dos viejos campesinos permanecen aún, desafíando al tiempo.
Lo que queda de la vieja hacienda apenas se ve, en medio de la urbanización caraqueña de Los Naranjos. Hoy, ávidos comerciantes se disputan el valioso terreno. Pero aún defienden su tierra ancestral Justino y Otilio, los últimos descendientes del venerable patriarca Modesto Reyes, de origen canario, fundador del hato, quien se instalara allí a fines del siglo diecinueve, con su familia y su ganado. Los abundantes paujíes de aquellos montes le dieron el nombre a la finca, desde el siglo dieciséis, cuando poblaran la zona los españoles. Aunque algunos trataban de ahuyentar los paujíes, por creer que su canto anunciaba desgracias, en tiempos de don Modesto los indígenas del lugar los protegían, teniéndolos por emisarios de un mundo mágico, celeste, que está más allá de nuestra comprensión.
Había allí muchos peones criollos e indígenas que laboraban en el próspero fundo agrícola y Don Modesto poseía grandes sembradíos de frutas y verduras, que se vendían muy bien en los mercados de Caracas y en los pueblos aledaños de Petare, Baruta y Antímano.
Cruzaba las tierras del fundo “El Paují” un torrentoso río, de aguas aromadas. La impetuosa corriente se arremansaba en hondas pozas, donde bebían los pájaros, los paujíes y guacharacas, y se bañaban los hijos de los campesinos. Pero una de esas pozas, la que quedaba junto al gran flamboyán, estaba prohibida: se decía que un raro hechizo se cernía sobre ella. Quienes se bañaban allí, desaparecían para siempre.
Corría el 1901, cuando llegó al fundo “El Paují”, junto con su esposa , suegra e hijos, Felipe Bellorín, un joven y osado visitante. Le hablaron de la poza embrujada y le advirtieron que no se bañara en ella. Pero el muchacho era audaz y deseoso de aventuras: no soportó la curiosidad.
Cuando nadie lo esperaba, se puso su morral a la espalda y de un salto se lanzó a las aguas.
Cantó el paují con su silbido fino y prolongado. Don Modesto y sus hijos se hicieron la señal de la cruz.
Felipe tardaba en salir. Ya todos lo daban por perdido. Anocheció y después de rezar un rosario en memoria del difunto, todos en la hacienda se fueron a dormir. Pensaban llamar a las autoridades, apenas amaneciera.
En realidad ocurrió que al sumergirse, el joven Felipe sintió que era arrastrado hacia lo más profundo. Luego de unos minutos, salió a la superficie y pudo respirar. Sin embargo, se dio cuenta de que aquel era un lugar distinto, extraño y fabuloso. Extrañado, Felipe miró a todas partes.
Nadó hasta la orilla de aquella región de ensueño. Se encontró en un paraje ideal, con suaves senderos llenos de alegres flores, y pudo divisar a lo lejos altos pinares y grandes prados. de un verde intenso. Junto a él, una fuente inmensa señalaba el camino a un castillo de pétreos muros. En los amplios patios jugaban decenas de niños.
Entró al castillo, y lo encontró lleno de gente, varias parejas danzaban en un salón, entusiastas músicos tocaban melodías nunca oídas y en el inmenso comedor, elegantes invitados cenaban gratísimos manjares.

El que parecía ser el anfitrión alzó su copa de vino y brindó por el recién llegado. Todos lo imitaron y le preguntaron sobre su procedencia.
-Vengo de El Paují, aunque yo soy en realidad del pueblo de Cabudare.
Mientras saboreaba aquellas exquisitas preparaciones, Felipe fue a su vez preguntando:
-¿Cuál es su nombre, amigo?
-Mi nombre es Ramón Pérez de la Huerta, llegué también del Paují pero en 1522, en el siglo dieciséis. Vengo prófugo de Andalucía y ya ve usted, aquí tengo mis propias tierras.
-Yo llegué de la Toscana hace muchos años, y vine como invitada al Paují, me arrojé a la poza por un desencanto amoroso. -sonreía una simpática italiana.- Aquí me casé con un buen caballero y tengo ya varios hijos.
-Yo en cambio siempre fui peón de la finca –dijo un indígena- y hace más de cien años, cuando El Paují no era de don Modesto sino de Rafael Calcagno, un italiano de muy mal carácter. Huyendo precisamente de su látigo me zambullí y ahora vivo feliz aquí con mi nueva familia.
-Amigo don Felipe -dijo el anfitrión- aquí tenemos nuestro propio tiempo, mucho más largo y denso que el suyo. Un día nuestro son cincuenta años de ustedes. Usted es libre de marcharse, pero casi nadie lo hace. Le aseguro que si se queda, no se arrepentirá.
El joven se dedicó a pensarlo, mientras paladeaba un delicioso licor. La verdad es que su esposa a veces lo molestaba, instigada por su suegra. Pero ¿Cómo dejar a sus hijos?
Luego recorrió las amplias y lujosas habitaciones, donde admiró deslumbrantes tesoros. ¿Cómo sería quedarse, permanecer allí? Seguramente maravilloso. Sobre todo por algunas bellas damiselas que lo miraban con simpatía. Lo meditó por varias horas. Al fin tomó una decisión. Regresaría al mundo real, con sus niños.
Todos lo comprendieron y lo invitaron a volver alguna vez con su gente. Asombrado vio como le llenaron el morral que llevaba a la espalda de piedras preciosas y monedas de oro. Luego de despedirse y de contemplar una vez más aquel mundo perfecto, el fiel Felipe se zambulló de nuevo en la poza y volvió a salir al fundo “El Paují”, para sorpresa de todos.
Amanecía en la finca y asombradísimos lo recibieron con un aplauso y lo abrazaron emocionados.
-¡Amigo, te creímos ahogado! ¿dónde estuviste?-dijo don Modesto sacando su chimó del bolsillo.
¡Felipe era el primero que había salido vivo de la poza!
Un paují lejano dejó escuchar su canto y otro le respondió desde el monte cercano.
El muchacho regaló a Don Modesto y a su familia varias monedas de oro y refirió a todos la increíble travesía, las maravillas que había visto.
-No es que se ahogan, Don Modesto, ¡es que se quedan allá! ¡Es un mundo encantador, fabuloso!
La familia de Felipe se negó a lanzarse con él a la Poza del Paují, por más que intentó convencerlos.
Al poco tiempo se fueron de nuevo a Antímano, donde compraron una excelente finca, al vender el montón de oro obtenido de la Poza
Han pasado muchos años. Ya no cantan en Caracas los paujíes. Pero nadie, en muchos años, ha logrado repetir la hazaña de asomarse a aquel mundo alterno, a través de las aguas de la “Poza del Paují”.



Pozas: Pozos profundos y grandes que forma el río cuando se arremansa en algún lugar.
Paují: Ave gallinácea, grande y de plumaje negro azulado. Su canto es fuerte y prolongado y ostenta una hermosa cresta fina y negra.
Chimó: Mezcla de tabaco que muchos ancianos campesinos mastican.
Nota: Antes, la ciudad de Caracas era sólo el centro, alrededor de la Plaza Bolívar. Las Mercedes, Altamira y todo el este eran haciendas. Petare y Antímano eran pueblos distantes.